Las ciencias cognitivas exhiben un desarrollo que enfoca, de modo cada vez más predominante, el cuerpo y el movimiento.
Esto es debido, por un lado, a las limitaciones a las que se enfrentó la analogía cerebro ⁄computación, y, por otro lado, a una comprensión
cada vez más extensa de la implicación del movimiento en la anticipación.
Hasta hace poco, la anticipación se consideraba una de las funciones más evolucionadas de la mente y ahora impregna
el movimiento de cualquier animal. Hemos aprendido a ver el movimiento dotado con una cierta dosis de anticipación, con capacidad adivinatoria, con la facultad
de adelantarse al futuro. El movimiento ha dejado de ser una mera reacción, un mero producto de la sensación, para convertirse en el agente de uno de
los conocimientos más intrigantes. Conocimiento y acción se articulan en un bucle, es decir se retroalimentan. También se podría decir
que el movimiento es a la vez
causa y efecto del conocimiento, y viceversa, y sintetizando aún más, que movimiento es igual a conocimiento y al revés.
“Movimiento = conocimiento = movimiento” no es solamente una licencia poética, no es solamente un verso del espíritu: es un hecho.
Antes que nada, el conocimiento del que se trata aquí es el conocimiento de un animal dotado con una locomoción que se elabora
en el interior de un cuerpo particular: el cuerpo longitudinal, con simetría bilateral, dotado con una cabeza –y por ende cerebro o algo parecido– y
extremidades en cada flanco. Peces, insectos, crustáceos, anfibios, reptiles, aves y mamíferos son todos ellos bilaterales. Evidentemente, es un cuerpo
capaz de generar una locomoción extraordinariamente dinámica que puede transportar al animal tanto en el agua, el aire y la tierra. La
locomoción es una participación en el mundo que requiere y genera conocimiento y que evoluciona. Asociados con la locomoción bípeda
están el lenguaje, la producción de mundos posibles, el arte, es decir el conocimiento típicamente humano. No sobra recalcar que a
diferencia de los patrones tempranos de la reptación y el gateo, la locomoción bípeda es
aprendida y se accede a ella sólo por medio de la interacción con otros bípedos.
Para comprender mejor de lo que se trata: imaginemos, por ejemplo, el movimiento de rastreo de un pájaro y un humano. El pájaro incluye flexiones laterales de la cabeza, un movimiento que se antoja rarísimo si es interpretado por un humano, y en realidad poco eficaz para lo que nosotros conocemos como “rastreo”. Para empezar, en uno y otro, los ojos no están colocados en las mismas caras del rostro y la orientación de la cabeza en el extremo de la columna tampoco es la misma. Por otro lado, la coordinación cabeza⁄ojos comparte el mismo objetivo, la misma motivación: implica el alumbramiento de un pequeño sector de todo el campo visual, aquel que está alineado con la fóvea, una parte del ojo particularmente sensible al color y el contraste. La visión del pájaro crea aquello que nosotros nombramos plano vertical; el humano rastrea su horizonte. No conocemos el mismo mundo porque nuestro movimiento no es igual.
En la pantalla se observan varios modelos cognitivos.
Un modelo típicamente cognitivista, dotado de un sistema operativo y comandos rígidos.
Modelos conexionistas que exhiben aptitud autoorganizativa. En estos casos, los robots son capaces de presentar
comportamientos adaptativos: se orientan hacia fuentes de bienestar o cambian su patrón de locomoción según las características
del medio en el que se trasladan. Su interfaz cambia como resultado de la experiencia.
Un modelo enactivo. Enactivo proviene de la palabra inglesa “enactment” que significa actuar
y se relaciona con el teatro: con la representación de un personaje, de un rol, de un guión y con la escenificación de un mundo.
Los sistemas enactivos no consideran al mundo como independiente del perceptor, sino que ponen en escena un mundo como un
conjunto de distinciones que es inseparable de la estructura encarnada por el sistema cognitivo. El conocimiento se inscribe en las fronteras
específicas de un cuerpo; no es únicamente un asunto de operaciones cerebrales: implica un cuerpo que es guiado perceptivamente
por la acción, que está dotado con capacidad exploratoria.
Vamos a detenernos un momento en los dos videos del modelo enactivo.
El iCub —es el nombre del robot —ha aprendido a distinguir la figura y el rostro humanos y a articular el movimiento
de su cabeza con el de sus ojos para llevar a cabo las actividades del rastreo y el enfoque visuales. Exhibe un comportamiento
típicamente humano.
El segundo video, muestra el mismo robot efectuando la actividad de alcanzar; también incluye rastreo y enfoque. La coordinación
de las tres actividades se conoce con el nombre de conexión ojo⁄mano. En este caso, el iCub ha aprendido a reconocer la pelota y a modificar
el movimiento de su brazo en consonancia con el desplazamiento de la misma. Esta coordinación está en la base de una acción
que se desarrolla posteriormente y que es señalar por medio de la extensión del dedo índice. El señalamiento, a su vez,
está íntimamente relacionado con el desarrollo del lenguaje.
Debido a la importancia asignada al movimiento y su función
en la elaboración del conocimiento, se ha apelado a cantidad de modelos para el estudio del movimiento que van desde modelos
matemáticos hasta otros enfocados en los principios que subyacen al desarrollo del movimiento, pasando por el Análisis de Movimiento
Laban.
El Análisis de movimiento fue desarrollado por Laban en la primera mitad del siglo XX. Su nombre suele asociarse
con la danza, en particular, con la danza expresionista alemana, la danza abstracta norteamericana y el butoh. Es un marco conceptual que ha
alimentado la emergencia de propuestas escénicas muy diversas. Actualmente, el A.M.L está siendo aplicado para la
elaboración de sistemas interactivos, para el reconocimiento del movimiento, la producción automática de coreografías
y animaciones.
Los siguientes videos muestran algunas aplicaciones de Laban.
Aquí el sistema interactivo Eyesweb. Algunos rasgos del movimiento son extraídos
y convertidos a sonido.
Una reproducción del Motion Print para el reconocimiento del movimiento.
Funciona de modo análogo a la identificación de la voz, utilizado algunas veces para fines legales.
Una animación que recrea algunos de los 12 principios elaborados por
Walt Disney, los cuales fueron correlacionados con el Análisis Laban, en un trabajo teórico desarrollado por Bishko.
Una imagen del sistema Emote. Es un sistema desarrollado para la automatización
de la animación que funciona de modo análogo a algunos programas para la generación de sonido, por medio del
deslizamiento de botones para afectar algunas propiedades del mismo. En este caso, son las cualidades del movimiento las que están
siendo controladas, lo que en la jerga Laban se llama “esfuerzo”.
De todos los ejemplos vistos, este es el que se enfoca
de modo mucho más sistemático en la traducción a funciones matemáticas de la modulación muscular de la
cual emerge la experiencia subjetiva del espacio, la gravedad y el tiempo.
La transformación de aspectos cualitativos a cuantitativos es un asunto que tiene una larga historia,
su punto álgido se sitúa en la confrontación entre el pensamiento aristotélico y el pensamiento
científico clásico, encabezado por Galileo, Newton y Descartes. El pensamiento científico clásico,
además de suprimir la noción de cualidad y declararla subjetiva, introdujo por medio de la célebre primera ley
del movimiento una visión y una comprensión inaudita del movimiento. La ley de la inercia dicta que un cuerpo permanece
en reposo o en movimiento a menos que le sea aplicada una fuerza. La práctica exclusiva de criterios objetivos para la
descripción del movimiento ha tenido implicaciones profundas, entre ellas una disociación categórica del cuerpo
y el espacio, y la reducción del movimiento a una traslación puramente geométrica de un punto a otro, de lo que
se deriva que el movimiento no afecta en modo alguno al cuerpo que está provisto de él.
He podido ser testigo de la extensión del arraigamiento de estas nociones al impartir clases
de Análisis Laban, a lo largo de 17 años, durante los cuales he tenido la oportunidad de llevar a cabo de modo repetitivo
un ejercicio diseñado con fines a determinar las categorías de las que nos valemos para la observación y el registro
del movimiento. El ejercicio consiste en la repetición de una secuencia y el registro de la misma por parte de los observadores y
por medios exclusivamente verbales o con la ayuda de dibujos o esquemas, o lo que se les ocurra. El registro debe cumplir con requisitos
de inteligibilidad y precisión, de tal modo que un individuo pueda reproducir exactamente dicha secuencia por medio de la
descripción recogida. En todos los casos, los registros enfatizaron la acción, es decir la mecánica del movimiento:
si se trata de caminar, girar, flexionar, etc, siendo los indicadores de tipo cualitativos los menos presentes. Por ejemplo, se
describía: “la persona camina hacia una silla, gira a la izquierda y se sienta”. El modo del caminar y de cualquiera
de las acciones –si liviano y fluido, o trabado y directo– por lo general no era registrado, a menos que la cualidad estuviera
verdaderamente enfatizada. La captación del movimiento en términos de la dinámica clásica es
obviamente aprendida, queda por preguntarnos por qué medios biológicos conocemos el movimiento.
La captación del movimiento se produce por un medio singular que fue descubierto a finales del siglo pasado, desplazando el modelo en el que intervenía de modo preponderante la activación del sistema visual y generando una cascada de hipótesis relativas a la génesis de la empatía, el lenguaje sintáctico y la anticipación del desenlace de las acciones ajenas. La captación del movimiento implica una resonancia que activa dinámicas neuronales idénticas en quien se mueve y quien observa a quien se mueve. También activa los mismos patrones sinápticos la exposición verbal de una secuencia de acciones y la ejecución –física o mental–de la misma. Finalmente, las emociones encienden el sistema nervioso de modo idéntico sea testigo o protagonista de las mismas; y las emociones tienen una forma característica que modula el conjunto del sistema motor. En pocas palabras, la independencia entre observador y observado es impensable cuando se trata de la observación del movimiento, y por otro lado, la relación observador/observado prescinde de la sensación, y en este sentido realiza el gran sueño del científico clásico, el de la supresión de la percepción de los sentidos como fuente de conocimiento y la instauración del conocimiento intelectual, e incluso a priori, como el único medio de aprehender la esencia de lo real.
La imagen en la pantalla muestra la activación de zonas corticales en la ejecución de acciones llevadas a cabo por
distintos mamíferos y observadas por sujetos humanos. En todos los casos, el estímulo sonoro fue eliminado. Los cerebros
fueron estandarizados, no reproducen los tamaños relativos.
El reflejo que exhiben las neuronas espejo nunca es una calca perfecta. Cuanto más emparentado
está el animal con nuestra especie, existe una mayor coincidencia.
Arriba: lectura de labios en sujetos humanos (siempre a la
derecha en imagen); en medio:
coordinación oral, conocida como chupeteo, interpretada por un mono y observada por un humano; abajo ladrido de un perro.
En este último caso, la acción “ladrido” –recordemos: el espectador no tiene acceso al sonido– no suscita
un reflejo en el sistema motor del observador humano; es aprehendido por medios visuales.
Observando la imagen de arriba abajo, se puede constatar que las zonas corticales que “se encienden” van
migrando hacia la parte posterior del cerebro (orientadas hacia los márgenes de la imagen); parte posterior que se sabe está
implicada en la visión.
La pareja en parte superior, compuesta únicamente de humanos, exhibe la mejor correlación y una
exitación notoria de la zona anterior (orientada hacia el centro de la imagen) y temporal (zona lateral) del cerebro , la cual corresponde a la zona
asociativa y de las neuronas espejo.
La siguiente imagen muestra la relación observador/observado en sujetos humanos, ejecutando distintas acciones. Se observa una alta correlación.
En el arte, la relación observador/observado se ha desenvuelto al margen de la exigencia de legitimidad científica. El artista no se traslada en la cuerda floja que lo separa por un lado del abismo de lo esotérico y por el otro del abismo de lo místico. Misticismo, esoterismo y “camino recto” son todos ellos igualmente válidos, y de algún modo esta locomoción abarcadora ha favorecido una exploración de la relación observador/observado motivada por la intuición y por la experiencia. Es decir, las artes tienen sus propios modelos cognitivos.
Desde la catarsis de los griegos, hasta
la implementación de tips, recetas, mini- y macroprogramas, la relación espectador/intérprete siempre ha sido
encarada activamente. La catarsis interpela la excitación del sistema motor en el espectador. La palabra “obsceno”
inicia su historia con el teatro griego y se emparenta con presagio; un recurso por medio del cual se apelaba a la capacidad de
anticipación del espectador para completar escenas que eran retiradas de su vista: homicidios, adulterios… todo eso que gustaba
tanto a los griegos. El coreógrafo Nikolais implementaba el movimiento enfocado por la mirada del intérprete, –literalmente había que orientar la mirada hacia la parte del cuerpo en movimiento– para suscitar la concentración del espectador hacia su propio cuerpo, e insistía en que la danza era capaz de ser reproducida, en una microescala, instantáneamente por un espectador implicado. El Derviche genera una experiencia suprasensorial por medio de la coordinación magistral de la cabeza y el tronco propia del ratreo y el enfoque, que desemboca en una acción que es pura motivación, puro motor. Un nuevo conocimiento emerge de una nueva forma de moverse.
El cumplimiento y la frustración de la anticipación por medio de la manipulación de la acción, la independización del movimiento del soporte visual, la asunción del contagio motor –la telepatía y la telekinesis–, son los modos actuales y milenarios del cine, las artes escénicas y la danza ritual. Las ciencias cognitivas podrían estar gestando un verdadero cambio de paradigma, en el que se desecha la independencia observador/observado, a la vez que se legitimiza el conocimiento inmediato, el conocimiento libre del intermediario, la futilidad de la sensación.
Cabe la posibilidad de que el lenguaje esté calcado del movimiento, y también el pensamiento, la anticipación. Es una extraordinaria extensión, ésta en la que nos ubicamos, si todo esto se confirma. Pareciera que antes que nada somos movimiento. Y no cualquier movimiento, no la reacción azuzada constantemente y laboriosamente por la sensación; no el runrún del motor; no el músculo electrocutado: un movimiento que es conocimiento y no conocimiento de eventos previos, sino de eventos futuros. Entonces tenemos un posible cambio de paradigma en el que la danza puede ¿debe, me pregunto? intervenir. La danza ha acumulado, organizado, conectado una enorme cantidad de datos y de experiencias a lo largo de su larguísima historia y a todo lo ancho del planeta. Desde la instrumentalización del movimiento al servicio de la experiencia mística, hasta el entrenamiento pavloviano de la anticipación del espectador –que convierte a este último en un autómata–, la danza sabe, –sabe en su cuerpo, su mente y su alma– que una nueva forma de moverse genera un nuevo conocimiento.